lunes, 22 de julio de 2013

Una visita inesperada (Mt 12,46-50)

              ‒ Doña María, ¡qué alegría verla! No la esperábamos.
            ‒ Yo tampoco esperaba venir, hija. Pero… ya te contaré. ¿Está Jesús?
            ‒ Sí, está ahí dentro, terminando una charla. La sala está llena, vamos a tener que quedarnos detrás un poco.
            ‒ No importa.
            ‒ Le voy a buscar una silla.
            ‒ No te preocupes, María. He pasado tres horas en el coche y veníamos muy apretados. Prefiero estar de pie. ¿De qué está hablando?
            ‒ Ha cambiado de estilo. Antes parecía un profesor dando lecciones. Ahora se inventa unas historias, muy entretenidas de escuchar, pero difíciles a veces de entender. Y a menudo termina diciendo: “El que tenga oídos, que oiga”. La gente se queda desconcertada, dándole vueltas a lo que ha dicho, discutiendo… Pero no se ponen de acuerdo. Tampoco nosotros, y luego tenemos que preguntarle qué significa lo que ha contado.
            ‒ Igualito que su padre. No te imaginas cómo le gustaba inventar historias divertidas. Luego le preguntaba a Jesús: “¿Qué significa?” Él daba una respuesta, la primera que se le ocurría. José se echaba a reír y le decía: “No has acertado. Tienes oídos, pero no oyes”.
            ‒ Doña María, cuando se enteró de que estaban ustedes aquí ha dicho una cosa muy bonita. Como verá usted, la sala está llena, no cabe un alfiler. Y Santiago, que habla como si fuera el trueno, pegó una voz desde el fondo: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo”. A la gente le molestó que interrumpiese de manera tan brusca al maestro, pero también tienen muchas ganas de conocerla a usted. Todos pensaron que iba a levantarse para ir a saludarla. Sin embargo, se quedó en su sitio, en silencio. Luego miró fijamente a Santiago y le preguntó, como si estuviera examinándolo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Santiago se quedó de piedra, sin saber qué responder. A los demás nos pasó lo mismo, y Juana, la enfermera, pensó que le había dado un ataque de amnesia. Entonces Jesús se puso de pie, extendió la mano lentamente, en círculo, señalándonos uno por uno, y dijo: “El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Al principio no sabíamos cómo reaccionar, pero luego todos estallamos en un aplauso.
            Doña María sonríe.
            ‒ Eso es muy bonito, hija. Pero la que le dio de mamar fui yo.

La versión original de Mt 12,46-50

            Todavía estaba hablando a la multitud, cuando se presentaron fuera su madre y sus hermanos, deseosos de hablar con él. Uno le dijo:
            ‒ Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablar contigo.
                El contestó al que se lo decía:
            ‒ ¿Quién es mi madre?, ¿quiénes son mis hermanos? Y, apuntando con la mano a los discípulos, dijo:
            ‒ Ahí están mi madre y mis hermanos. Cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

¿Por qué busca su familia a Jesús?

            El relato de Mateo nos deja con la incógnita de por qué María y los hermanos van en busca de Jesús.  Un lector normal piensa: por cariño, por verlo. Sin embargo, el relato de Marcos (suprimido por Mateo) ofrece un dato muy distinto: “Entró en casa, y se reunió tal multitud, que no podían ni comer. Sus familiares, que lo oyeron, salieron a llevárselo, pues decían que estaba fuera de sí” (Mc 3,19-20). En su opinión, si no estaba loco, poco le faltaba. Por eso van en su busca, y por eso Jesús muestra cierta lejanía a propósito de cuál es su verdadera familia: no los que vienen a encerrarlo en casa, sino los que cumplen la voluntad de Dios.

Requisito para ser la familia de Jesús

            El peso de la escena recae en la frase final pronunciada por Jesús, que se conserva con diversos matices en los tres evangelios sinópticos:
            Marcos: “Cualquiera que cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.”
            Mateo: “Cualquiera que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
            Lucas: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.
            Se advierten los intereses propios de cada evangelista. Mateo prefiere presentar a Dios como “el Padre de Jesús en el cielo”. Lucas pone de relieve la “escucha de la palabra de Dios”, igual que en el evangelio de Marta y María del domingo pasado.
            Pero la idea de fondo es la misma. Lo nuevo no es la insistencia en cumplir la voluntad de Dios, tema que aparece en otros momentos del evangelio, sino en que ese cumplimiento nos convierte en las personas más próximas a Jesús, como verdadera familia suya.
            El evangelio de Juan recoge un tema parecido, aunque con enfoque propio: “Vosotros sois mis amigos sin cumplís lo que yo os mando”. La familiaridad cede el puesto a la amistad. Y no se trata ya de cumplir la voluntad de Dios, sino la de Jesús.

La escena como culmen de los capítulos 11-12 de Mateo
                                                                             
            A través de estos dos capítulos, el evangelio de Mateo nos ha presentado distintas reacciones ante Jesús. No son como las de los cc.8-9, sino más claras y dramáticas. Y quieren provocar la reacción del lector: ¿en qué grupo quiero situarme?
            ¿En el de la duda, desconcertado por lo que hace Jesús, dispuesto a esperar un salvador distinto de él?
            ¿En el de los contemporáneos pasotas, que contemplan sus prodigios, pero se consideran superiores a él y lo desprecian?
            ¿En el de los que lo rechazan porque lo consideran endemoniado?
            ¿En el de los que escuchan con sencillez su palabra, aceptan su mensaje, y quieren formar parte de su familia?
            El evangelio no quiere simplemente enseñarnos cosas sobre Jesús sino provo-car en nosotros una decisión.