viernes, 26 de julio de 2013

El trigo y la cizaña (Mt 13,24-30)

            Judas aparca la furgoneta cerca del grupo, abre la puerta y da una voz.
            Venid dos o tres a echarme una mano.
            Mientras descargan las bolsas de pan y una caja de naranjas pregunta a Felipe:
            ¿Qué habéis hecho esta mañana?
            Nos ha contado otra parábola.
            Podíais haberme esperado.
            Ha sido de improviso. Si quieres, ahora te la cuento.
            ¿Tan complicada como la de ayer?
            No. A mí me ha resultado mucho más fácil. Ha dicho desde el principio a qué se refiere: al reinado de Dios.
            Sería mejor que empezara a hablar de su reinado, de organizar bien el partido, que es lo que estamos esperando. Sólo quedan dos años para las elecciones.
            Yo no creo que piense presentarse como candidato.
            No se lo digas a Pedro que le da un infarto. Está convencido de que se presenta y de que gana por mayoría. Y los otros, igual.
            ¿Tú también?
            Judas lo mira con una mezcla de curiosidad y simpatía.
            Yo cada vez me hago menos ilusiones, Felipe. Mira el grupo que somos. ¿Tú piensas que tenemos algún futuro?
            Dejan en el suelo la caja de naranjas y se sientan.
            Bueno, ¿me cuentas la parábola?
            Vamos a ver si la recuerdo bien. Bartolomé, échame una mano si se me olvida algo.
            Felipe carraspea y comienza.
            Había uno que tenía una finca y la sembró.
            Eso es la parábola de ayer lo interrumpe Judas.
            No. El principio se parece, pero no es lo mismo.
            Carraspea de nuevo, como si le diese energía para empezar.
            Había un dueño de una finca que la sembró con semilla de un trigo muy bueno traído de Francia y esperaba una gran cosecha. Pero ese individuo tenía un vecino con el que se llevaba muy mal, y se la tenía jurada desde hacía un año, cuando se pelearon por unas higueras que uno decía que eran suyas y el otro lo contrario. Total, que aprovechando que el dueño del campo tuvo que ir unos días al pueblo, a una revisión médica, el vecino metió una máquina y sembró por todas partes… ¿Qué dijo que sembró, Bartolomé?
            Cizaña.
            ¿Eso qué es? pregunta Judas.
            Nadie lo sabe, y el maestro esas cosas no las explica, pero imaginamos que es una planta que no sirve para nada, ni para dársela de comer a los burros. Bueno, pues al cabo de unos meses el capataz se da cuenta de que el trigo buenísimo está mezclado con el yerbajo. Y va y le dice al dueño: “Don Antonio, mire usted lo que ha pasado. Hay cizaña por todas partes. Y le juro que nosotros solo plantamos la semilla que usted nos dio, que decía que era muy buena. Nosotros no tenemos la culpa”. El dueño le dijo al capataz que no se preocupara, que él sabía muy bien quién era el culpable, y que un día se iba a enterar. Entonces… ¿cómo seguía, Bartolomé?
            Te estás inventando tantas cosas que no sé cómo sigue. Debe ser cuando el capataz quiere que toda la cuadrilla vaya a arrancar la cizaña.
            Eso es. El capataz le propone al dueño organizar una cuadrilla para limpiar la finca de cizaña, pero el dueño dice que no, que pueden equivocarse y arrancar el trigo al mismo tiempo que la cizaña.
            ¿Tanto se parecen?
            Yo qué sé. Por lo visto, sí. A mí háblame de motores, no de cosas del campo.
            No te mosquees, Felipe, lo estás contando muy bien. Sigue.
            No hay nada que seguir. El dueño dice que al final, cuando terminen de segar, será el momento de separar el trigo de la cizaña. El trigo lo guardarán y la cizaña la quemarán.
            Felipe lo mira sonriente. Judas no oculta su asombro.
            ¿Eso es todo?
            Es más de lo que él ha contado, ¿verdad, Bartolomé? Yo he adornado un poco la historia.
            ¿Y qué quiere decir?
            Nadie lo sabe. El dueño no puede ser el maestro porque no tiene una finca. Y el enemigo no puede ser don Anselmo, el párroco, porque no está de acuerdo con muchas cosas del maestro pero no le haría nada con mala intención. Además, eso del trigo y la cizaña no sabemos a qué se refiere.
            La mirada de Judas refleja cierto reproche.
            Felipe, al principio me dijiste que la parábola de hoy te resulto más fácil.
            A lo mejor quise decir más entretenida. Cuando hay un enemigo siempre es más entretenida la historia.
            ¿Y le habéis preguntado al maestro qué significa?
            Sí. Pero ha dicho que antes va a contarnos otras dos parábolas.
           
La versión original de Mt 13,24-30
           
Les contó otra parábola. El reinado de Dios es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Mientras la gente dormía, fue su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó. Cuando el tallo brotó y empezó a granar, se descubrió la cizaña. Fueron los siervos y le dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo?, ¿de dónde le viene la cizaña? Les contestó: Un enemigo lo ha hecho. Le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos a recogerla? Les contestó: No; que, al recogerla, vais a arrancar con ella el trigo. Dejad que crezcan juntas hasta la siega. Cuando llegue la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, atadla en gavillas y echadla al fuego; el trigo lo metéis en mi granero.

* * *

            De mal en peor, Encarna. No te puedes imaginar las historias que está contando. Todo en clave, para que no se enteren la policía ni el obispo. Pero yo las he entendido a la primera. Dice que tú, y yo, y Pepe, y todos los que piensan como nosotros, somos como el asfalto de una autopista, en el que no se puede sembrar nada; que somos incapaces de entender lo que él dice, y si lo entendemos, no nos interesa o nos ponemos en contra. ¡Asfalto! Ya quisiera él tener la mitad de sensibilidad espiritual que tenemos nosotros. Pero también les ha tirado una puya a Gumersindo y a su mujer, que al principio iban con gusto a escucharle pero desde que se fueron de vacaciones a Marbella no han vuelto a aparecer por sus reuniones. ¿Sabes lo que dice que son? ¡Cardos borriqueros que ahogan la palabra de Dios! La verdad es que entre ser asfalto y ser cardo borriquero prefiero ser asfalto. Pero no te pierdas la última. Es más clara que el agua, aunque sus discípulos, que son tontos, no han entendido nada. Ha dicho que al final nos van a reunir a todos y nos van a quemar. Así, como suena. Que nos van a echar al fuego. Y la policía sin hacer nada. Y el obispo con la boca cerrada. ¿Pepe? Ahí sigue con su lumbago, y yo hecha una mártir. En fin, Encarna, te seguiré teniendo al tanto, porque esta historia parece que va a durar mucho.