martes, 23 de julio de 2013

Parábolas para superar una crisis (Mt 13,1-9)

Tíquico lleva largo rato trabajando. Ha preparado la tinta, afilado el cálamo, trazado en el papiro las líneas casi invisibles que permitirán una escritura perfecta. Le gusta su profesión de escriba. Y le entusiasma el texto que Mateo le está dictando, ese evangelio que conoce desde hace más de dos años a través de las catequesis y de las reuniones de cada día del Señor. Pero ahora es distinto. Mateo no se limita a repetir lo que ha contado en años anteriores. Ahora amplía, modifica, retoca. Cada día supone una sorpresa.
            Está tan absorto que no lo oye entrar.
            Buenos días, Tíquico. El Señor esté contigo.
            Y contigo, Mateo. Buenos días.
            Se acerca a la mesa y echa una ojeada al papiro.
            Ayer nos quedamos en la visita de la madre y los hermanos de Jesús, ¿verdad?
            Sí.
            Hoy vamos a comenzar una sección nueva, muy distinta.
            Se aleja en dirección a la ventana y mira a unos chiquillos que juegan en la calle.
            ¿Cuántos discursos recuerdas de Jesús? Me refiero a discursos largos, no a discusiones con los escribas y fariseos o a pequeñas intervenciones.
            Tíquico no necesita hacer un gran esfuerzo de memoria.
            Dos: el discurso del monte y el de la misión de los discípulos.
            ¿Cuál te gusta más?
            El del monte, sin duda. Cuando te lo escuché por vez primera, en la catequesis, fue cuando me decidí a hacerme cristiano.
            ¿Y el de la misión?
            Es demasiado duro. No exagera, refleja muy bien lo que hemos vivido en los últimos años. Pero es muy duro.
            ¿Se te quitaron las ganas de ser cristiano cuando lo oíste?
            No. De ninguna manera.
            Sin embargo, después de ese discurso la gente empieza a adoptar posturas muy distintas ante Jesús: Juan duda de que sea el Mesías, los fariseos lo rechazan abiertamente, otros se desinteresan de lo que dice o critican su conducta.
            Pero hay un grupo que lo escucha y está dispuesto a poner en práctica su enseñanza.
            La nueva familia de Jesús. Lo que te dicté ayer.
            Mateo pasea en silencio por la habitación.
            Cuando te hiciste cristiano, ¿te esperabas lo que ocurre hoy o pensabas que sería mucho mejor?
            Tíquico reflexiona un rato.
            No sé si acabo de entender tu pregunta. ¿Te refieres a si esperaba una comunidad cristiana más grande, más aceptada y estimada?
            Sí. A eso me refiero. ¿Nunca te ha desanimado ver los pocos que somos? ¿O que muchos empiezan la catequesis y al cabo de unas semanas dejan de asistir a las reuniones y no vuelven más? Si alguno de la comunidad te plantea este problema, ¿qué le dirías?
            Ya me lo han planteado algunas veces. Yo les digo que no hay que desanimarse, que hay que tener fe en Dios.
            Pues te voy a dar otros argumentos, a través de un nuevo discurso de Jesús. Pero esta vez va a ser un discurso muy distinto, todo en parábolas. ¿Sabes lo que es una parábola?
            Sí, claro. Una comparación.
            Exactamente. Pero la comparación se puede proponer con una historia algo larga o con una imagen muy sencilla. Aquí habrá de todo. Van a ser siete parábolas sobre el reino de Dios. ¿Preparado?
            Tíquico fija bien el papiro y empuña el cálamo.
            Cuando quieras.
            Mateo se sienta, cierra los ojos y comienza a dictar, como si contemplase la escena.
           
            Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Se reunió junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. Les explicó muchas cosas con parábolas:
                Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unos granos cayeron junto al camino, vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad, brotaron enseguida; pero, al salir el sol, se abrasaron, y, como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre cardos: crecieron los cardos y los ahogaron. Otros cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. Quien tenga oídos que escuche.

* * *

            Tomás no oculta su malestar ni su espíritu crítico.
            Otra vez con esas comparaciones para campesinos. El maestro no se quiere enterar de que la gente ya no siembra así, que ahora se hace con máquina.
            Por algo lo hará le responde Tadeo, que siempre busca lo positivo. Ha dicho que lo explicará más tarde.
            Pero, mientras lo explica, la gente no se entera de nada.
            A lo mejor pretende que no se entere.
            No seas tonto, Tadeo. ¿Cómo va a pretender que no se entere?
            El maestro es a veces un poco raro.
            Tomás lo mira extrañado.
            En eso sí llevas razón.

            [La solución empezará mañana y seguirá pasado mañana]