martes, 16 de julio de 2013

De listos tontos y tontos listos (Mateo 11,25-27)

            Querida Antonia:
            El maestro me dijo hace unos días que tenía que escribirte una carta para que tuvieras noticias mías, y si me he retrasado ha sido porque Juan estaba muy ocupado y es él quien sabe escribir bien y me está haciendo el favor.
        De por aquí puedo decirte que tenemos mucho trabajo pero estamos muy contentos. A veces las cosas no salen como quisiéramos, pero tampoco podemos quejarnos.
            El maestro nos dividió en grupos de dos, y nos mandó a cada grupo a un pueblo, pero como los pueblos están cerca nos reunimos los fines de semana para contar lo que hemos hecho. Yo estoy con Juan en La Muela, que se llama así porque al lado hay un picacho en forma de muela, y me dedico sobre todo a reparar motores y hacer chapuzas en las casas, que sabes que eso se me da bien. A mí me gustaría reunir a la gente y hablarle de lo que nos va enseñando el maestro. Pero él me ha dicho que todavía no, que soy muy impetuoso y más vale que esté callado al principio. Porque él le habla a la gente contándole unas historias muy bonitas, pero tiene miedo de que yo las destripe.            
            También tenemos que preocuparnos mucho por la salud de la gente, y si alguien necesita algo especial llamamos a Juana. Pero la gente se ha dado cuenta de que el maestro sabe mucho de enfermería, aunque no tiene el título, y prefiere que lo trate él. Dicen que ni siquiera necesita dar un masaje o una medicina, que le basta mirarte, te da una palmada en la espalda y se te pasan todos los dolores. Yo me acordé de lo que ocurrió con tu madre, que estaba en la cama con cuarenta de fiebre, y le bastó tocarle la mano para que se pusiera más fresca que una rosa. Así que el maestro tiene a veces más trabajo que Juana, pero como ella lo quiere mucho no se molesta. Además, dice que la gente lleva razón, que él puede curar cosas que ella no sabe.
            El que tenía más miedo al principio era Tadeo, porque dice que no sabe hablar, pero cuando se sentó con unos viejos no tuvo que abrir la boca porque fueron ellos los que no pararon de contarle cosas y terminaron muy contentos porque decían que hacía años que nadie les escuchaba. Con mi hermano Andrés no he tenido tiempo de hablar mucho, pero también lo veo contento.
            Hace unos días vinieron por aquí dos amigos de Juan, el primo del maestro. Por lo visto, está desconcertado porque le gustaría que el maestro actuara de forma más enérgica, dando más palos que abrazos. Pero él no está por esa línea, aunque habló muy bien de Juan. Lo que le pone malo es la gente que habla mal de Juan y de él, que no está de acuerdo con nada, que todo lo critica: a Juan, porque es muy austero; a él, porque se toma unas copas con nosotros y se lleva bien con personas que están mal vistas.
            El último domingo nos estuvo hablando de la gente que puede entender mejor su mensaje, y dijo que no eran los listos, ni los profesores de universidad, sino la gente sencilla. Y me acordé de ti, cuando dices que no te enteras de nada en la misa porque eres muy torpe y no tienes carrera. El maestro dice lo contrario, que los que se consideran tontos son quienes mejor pueden entenderlo. También nos dijo que la da pena de la gente porque hay muchos curas que, además de aburrirlos en las homilías, no paran de echarle encima una carga insoportable, que si tienes que hacer esto, que si tienes que hacer lo otro, que no puedes hacer esto… Nos dijo que tratan a la gente como si fueran bueyes, cargándoles un yugo pesadísimo. Como estos días hemos visto bueyes y yugos comprendimos muy bien lo que decía. Él lo que quiere es cambiar ese yugo pesado por uno suave. Que la gente no vaya agobiada y agotada por la vida.
            Te dejo porque Juan dice que ya le duele la mano de tanto escribir.
            Dale muchos besos a los niños y otro muy grande para ti de tu Pedro que te quiere.

La versión original de Mateo 11,25-27

La carta de Pedro abarca muchos más temas que el breve texto de la liturgia de hoy, que se limita a lo siguiente:

            En aquella ocasión Jesús tomó la palabra y dijo:
            ‒ ¡Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra! Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
  
        Los relatos anteriores del evangelio muestran cómo la gente se divide ante Jesús, y él los cataloga en dos grupos.
            El de los sabios y entendidos, que poseen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan.
            Y el de la gente sencilla, sin prejuicios, a la que Dios puede revelar­ algo nuevo porque no creen saberlo todo.
            Esta gente acepta que Jesús es el Mesías aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.
            Para estas personas sencillas, la gran ventaja es que, a través de Jesús, van a conocer a Dios. El se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo (27). Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados.
            Estos versos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana. Esto quedará claro en los episodios que siguen.